CULTURA Y SOCIEDAD

​Tantas paces como seres y grupos humanos. Paces que se pactan, paces que se firman, paces que surgen de las guerras, paces entre-guerras, paces que terminan con una guerra, paces totales y paces parciales, paces internas e interiores. Todas importantes, todas con un significado, un alcance y un sentido. Por todas hemos transitado y todas nos han aportado.

Pero una de las paces humanamente más edificantes, productivas, estimulantes, potentes y movilizadoras es la paz que nos permite cambiar nuestras vidas y actuar desde nosotros mismos y con otros en nuestro entorno. Nosotros, hablo del Observatorio para la Paz, espacio de creación y construcción de paces diversas del cual tengo el honor y reto de ser directora,  la hemos bautizado PACICULTURA.  Paz para sembrar, cultivar, cuidar, crecer, cosechar y volver a sembrar. Paz como cultura. Paz como pedagogía de transformación personal y colectiva.

PACICULTURA, PAZ COMO PEDAGOGÍA PARA LA VIDA
Por:

​Nos inspiran, entre otros, dos postulados  de Gandhi: No hay camino hacia la paz, la paz es el camino. Y: “Preocúpate de los medios, que los fines se resuelven solos.”  Estas son más que dos frases célebres: nos ubican en otra perspectiva, en la cual la paz deja de ser un objetivo teleológico o un resultado, y se convierte en un presupuesto que se reconoce y construye cotidianamente. Supera la idea de la paz como meta que hay que alcanzar, la idea de la paz anhelada pero inalcanzable, sobre todo en realidades como la nuestra, donde se nos cristaliza en impotencia y parálisis, y nos quita  la responsabilidad que tenemos con nosotros mismos y con nuestro entorno.  Nos libera de la angustia de tener que lograr paces totales y absolutas, por lo general ajenas a nuestras posibilidades porque están en manos de los guerreros y los macropoderes, y nos devuelve nuestro poder de paz intransferible, en la posibilidad de actuar. Nos permite una paz a la medida de nuestras contingencias donde logramos conciliar aspiraciones y limitaciones, realidades y sueños, desde nosotros mismos, como algo lo posible sin olvidar lo deseable. Humaniza la paz.

La pacicultura es proceso, construcción imperfecta pero perfectible, que acepta los conflictos, que nos permite ser actores de paz desde nuestras realidades y conflictos, y nos invita a acrecentar mayores posibilidades de paz, a crear nuevas situaciones deseables de acuerdo con los valores de la paz.

Paz como cultura es una ética de la responsabilidad, el reconocimiento y el respeto, para reflexionar y actuar sobre los actuales procesos de construcción de sociedad, y nos impulsa a un futuro mejor en corresponsabilidad con los demás y pensando en las generaciones futuras.

Paz como cultura es reconocer que ni la guerra, ni la violencia, ni la paz son innatas en la naturaleza humana. Son hechos culturales, que se aprenden y desaprenden, y por tanto modificables, con lo cual se contribuye a superar los determinismos económico y político como explicaciones de la violencia. Debemos atrevernos a cuestionar esa idea tan arraigada que el hombre  es el lobo del hombre, y atrevernos a plantear que somos seres pacíficos porque convivimos, seres a quienes es inherente el conflicto más no la violencia. Para ayudar a deconstruir la violencia como la gran razón sobre la cual se edifican y sacralizan concepciones de Estado, de orden, de seguridad, de convivencia, y a fortalecer argumentos para la paz y de la paz como opción fundadora.

Esto significa entender la paz como paradigma y categoría, que asume que la violencia no es la verdadera y última categoría de la experiencia humana, y menos aún de la realidad, que la prioridad de la violencia es sólo aparente. Si bien la guerra ha definido épocas y procesos sociales, hay que darle mayor relevancia a reconocer la paz como motor de la historia y una realidad en la historia, que es necesario desvelar y comprender en las articulaciones en medio de las cuales se ha ido construyendo experiencia de paz. 

La paz como paradigma nos permite construir paz, reconociendo y desarticulando la violencia como una lógica de exclusión que desciframos en los esquemas mentales y culturales basados en la linealidad, la negación, la dualidad, la separación, la polarización, la discriminación, los prejuicios y estereotipos, para  optar por lógicas y maneras de pensar y conocer desde la no-exclusión: la complejidad, la horizontalidad, la integralidad, la pluralidad, la paradoja.  Nos permite reconocer que la sociedad es ambigua, mezcla de paz y de violencia, para fortalecer la primera y desarmar la otra. Y nos ayuda a superar lógicas de retaliación, de victima-victimario, de amigo-enemigo, de fronteras y límites entre seres humanos, que sólo reproducen los circuitos perversos de violencia.

Tal propósito requiere un intenso y serio esfuerzo educativo, cuyo objetivo es lograr un cambio en la mentalidad que conlleve a quitarle argumentos que justifican, reproducen y legitiman la violencia. Pararse en la paz como camino y medio  coherente con el fin, nos lleva a asumir la pedagogía como el principal arte para la acción de paz y la transformación,  donde la violencia se reconoce y desarma culturalmente, el conflicto es una oportunidad para aprender y transformar, y la paz existe y con dinamismo propio, y se puede dimensionar en prácticas y mentalidades.

La paz como pedagogía es una realidad.  Paz como posibilidad para la vida de hacer realidad en programas como el Bachillerato Pacicultor, que ha cambiado vidas y abierto perspectivas de conocimiento, sentimiento y pensamiento, aprendizaje, reflexión y acción. Santa Marta fue pionera en adoptar este programa en 2006, en una alianza del Observatorio para la Paz con la Universidad del Magdalena, una innovación educativa flexible sustentada en la paz como pedagogía,  que abrió sus puertas a cientos de jóvenes, afectados y afectadas por la guerra, que viven en situación de desplazamiento o vulnerabilidad, y se encuentran por fuera de cualquiera de las modalidades existentes en el sistema educativo formal. Acá hemos hecho de la paz un fundamento de la innovación pedagógica que ha inspirado el diseño, la implementación y el mejoramiento de una propuesta de formación integral de jóvenes,  sobre todo mujeres, centrada en propiciar habilidades para la vida y convivencia,  dar respuesta a las necesidades, intereses y condiciones de vida y aprendizaje de los estudiantes. Buscando formar “bachilleres gestores de paz como cultura, convivencia y ciudadanía”, activos y activas en su comunidad, cambiando imaginarios sobre la población desplazada, que se salgan o no entren en los circuitos de la violencia.

Esto implica la coherencia entre fines, medios y métodos educativos, aprender y enseñar desde la paz. Comprender que  la paz atraviesa el conjunto del acto educativo, desde la interacción docente-estudiante; un aprendizaje cooperativo con atención a las necesidades individuales; contenidos y una concepción flexible de currículo a partir de los intereses de aprendizaje de los estudiantes; la garantía de unas mínimas condiciones de bienestar; la proyección comunitaria y la generación de alternativas de acción noviolenta con conciencia ecológica y planetaria.  Implica hacer partícipes a la familia y a la comunidad del proceso educativo, porque son todos ambientes de aprendizaje, conectados y articulados, y  porque lo comunitario es principio, método y acción.  La  comunidad educativa somos todos los actores del proceso educativo. Todos aprendemos de todos, todo es aprendizaje.

Sin embargo,  la pregunta de cómo hacer de la paz una pedagogía de transformación y de la pedagogía un arte de paz, no está suscrita a un programa educativo. Debería atravesar el conjunto del proceso educativo y los procesos de socialización como una posibilidad efectiva de contribuir a superar las múltiples violencias que nos siguen atravesando. Y donde es necesario encontrar la manera en que cada uno y cada una de nosotros, desde nuestro contexto vital y cotidiano, puede contribuir, superando también la idea que son las estructuras abstractas y los grandes líderes los que generan los cambios. Más que grandes líderes, se requieren más ciudadanos y ciudadanía, y generar cambios  en nuestras prácticas, nuestras relaciones, nuestras creencias. En nuestra manera de recrear y asumir la vida. Las verdaderas transformaciones son las transformaciones culturales, y en ellas la educación, en su más amplio sentido, cumple un papel esencial.






 
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