CULTURA Y SOCIEDAD

​“En el territorio Guajiro siempre ha habido conflictos […]” esta afirmación de una mujer guajira es parte de uno de los relatos de varias mujeres que nos llevarán por casi tres décadas de diferentes conflictos en su Departamento; los cuales lograron trastocar las lógicas culturales en cada envestida de la violencia, sobre todo paramilitar, al afectarlas directa e indistintamente con el asesinato, al condenarlas a la intranquilidad de saber que sus hijos fueron muertos o desaparecidos y sus familias dispersadas sin razón, que no podrían disfrutar del fruto de su trabajo y que de ser mujeres reconocidas en sus territorios pasarían a convertirse en parte de una gran cifra con el rótulo de desplazados.

DESPLAZANDO MUJERES:
Por:

​La desaparición de los seis jóvenes entre los que se encontraba su hermano Agustín Antonio , no se había resuelto aún cuando la orden llegó de que toda la familia: padres, hijos, primos, hermanos, nietos “porque ellos dijeron que iban a acabar hasta con el bebé”, debían salir del pueblos y se impuso la orden de que nadie debía apoyarlos o proveerles comida, ni agua, lo cual fue para ella una de las situaciones más difíciles, tal como ella misma afirma:  
“[…] cuando nosotros salimos, el pueblo no nos respaldó, el pueblo nos dio la espalda, porque así lo digo y me duele, mi pueblo nativo cuando salimos Palomino nos dio la espalda. Sí, porque ellos le dijeron que a nosotros ni un poquito de agua, la gente se asustó mucho y dijeron que ni un poquito de agua. Nosotros tocábamos la puerta y Palomino nos la cerraba, excepto una señora que tenía una tienda dijo que si la mataban la mataban pero ella no nos dejaba morir […]”
Presionados por las amenazas y con las puertas cerradas a la fuerza, no les quedó más que salir y refugiarse en Riohacha, de diciembre de 1993 a febrero de 1994, donde fueron objeto de un atentado que afortunadamente, según afirma, fue frustrado ya que habían logrado salir custodiados por la policía. De ahí la familia se dispersó por diferentes departamentos de la región a fin de evitar ser objeto de nuevos ataques, en lo que significó para estas personas la pérdida de sus tierras, casas y enseres, de su tranquilidad, seres amados y de su unión familiar, según comentaba esta mujer:
 “[…] así fue, todo nosotros perdimos hasta el modo de andar, todo, lo más valioso que tenemos en la vida es la vida de mis hermanos, no tanto lo material sino la vida de mis hermanos. Que si por lo que si nos van a dar por lo que perdimos hubieran dado la vida de mis hermanos que se perdiera todo y que vinieran ellos porque eso no se compra con nada, la vida de un ser humano no tiene precio. Perdí a mi papá, perdí a la mamá de mi papá joven todavía, con todos esos problemas mira cómo mi mamá está de enferma. A raíz de ese problema nosotros hemos sufrido mucho, demasiado.
Sin embargo, a pesar de los recuerdos amenazantes que parecieran facultar a sus perseguidores del poder de ubicuidad, ella y sus hermanos decidieron unirse de nuevo, apoyarse mutuamente y extender la mano a otros paisanos de Palomino que años después tuvieron que desplazarse también del pueblo. Así después de casi 19 años de haber abandonado sus tierras, sus recuerdos y sufrimientos no la han limitado sino que, por el contrario, han  impulsado a esta mujer a mantenerse activa, lucida, risueña participando en reuniones, organizaciones y actividades en procura de las reivindicaciones que considera justas.
Ahora bien, paralela a las dificultades narradas por esta mujer de Palomino, muchas otras personas padecían situaciones que como esta tuvieron lugar en este departamento ante la presencia permanente del grupo que incidió aún en la forma de sentir los espacios públicos, de relacionarse con los demás. Pues impusieron la zozobra, el temor y el silencio. Sin embargo, no es sino hasta finales de los 90 (1997) con la incursión por el sur del departamento de “Jorge 40” como parte de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU) que se recrudeció la violencia y consolidaron las masacres y los desplazamientos masivos como una estrategia de dominio de las personas y del territorio.
Así pues, sobre los hechos de violencia de esta época algunas mujeres de Barrancas, sur de la Guajira, comentaron lo siguiente: 
Aquí todo el mundo vivía era del temor los únicos que estaban tranquilos eran los dueños del negocio no tenían nada que temer si ellos eran los que mataban  porque es que aquí en Barranca se creó el pánico la gente cuando eso eran las 6 de la tarde ya todo el mundo estaba acostado porque es que nos decían cuídense porque en cualquier momento les pueden tocar la puerta, ellos llegaban era tocando puertas y matando gente.
Claro eso le ponían la motosierra  a la gente eso mataban con motosierra.
Los rumores del asesinato de uno, de la desaparición de otros, corrían como la brisa y golpeaban los oídos y corazones de quienes se estremecían al escuchar que sus conocidos habían sido esta vez las victimas por una u otra razón, pero llegó el temido día a pesar de no deber nada, en que la crudeza del asesinato toco la puerta y sin explicaciones, con calma pero implacable, al mejor estilo de las películas de terror, fueron esta vez los familiares las víctimas de la masacre. Tal como lo describe una de las mujeres de la familia Bolívar Britto, que en febrero de 1999 perdió a cinco de sus hombres:   
 “[…] ahí eso le hicieron disparates, mataron a garrote y después lo mataron a tiros, y mataron gente de la Sierra también a los primos míos, los mataron todos los amarraron y pusieron a William a correr y ahí quedó guindao del alambre […]
Otra mujer añadió entre lágrimas, lo siguiente:
 […]Mataron también un sobrino que apareció muerto también. Ganas de matarlos porque ellos no hacían nadita solamente cuidar su ganado, coger su café y tener su siembra de yuca, esos no sembraron ni marihuana, se dedicaban solamente a la ganadería.
Eso mataron fueron cinco, ese mismo día, los que estaban en la Sierra de los Brittos. Mataron a Willian, a Soto, a tío Nando, al indio y mataron a Miguel, mataron cinco, mataron también a Fredy mi primo. Nosotros no tenemos el recorte del periódico porque nosotros quedamos, yo por lo menos, desorientados, esa madrugada nosotros nos vinimos de la Sierra de los Brittos […]”
Con dolor y miles de preguntas en la cabeza y en el corazón, que después de 13 años no se han podido superar, estas mujeres y sus demás familiares tuvieron que salir en la madrugada, corriendo entre trochas y matorrales abandonando sus pertenencias, sus animales y las ilusiones con que los criaron, tal como ellas mismas cuentan:
“[…] estaban en los cerros siempre retiradito, si eso fue una masacre yo deje todo, gallinas, ganado […]
Yo tenía una vaca que la crié con tetero, sal y yodo. Le llevaba la sal, le traía cosas de Maicao como una niña bonita tubo un novillo, se crió tan lindo y se lo llevaron, ellos se llevaron también la vaca, yo no sé qué se hizo con esos animales, todos esos animales se perdieron.
Yo nunca supe de mi yegua de mi mula todo eso se perdió, era la finca de mi abuelo que me había dado un pedazo y allá estuve mi niñez y todo, todo se perdió”.
A consecuencia de la masacre y desplazamiento, las tierras y su producción se perdió, la salud de varios de los familiares se deterioró y también se produjeron rupturas en las relaciones conyugales ante la inestabilidad económica, el sufrimiento por la abrupta irrupción en los proyectos y expectativas de vida. Sin embargo, estas mujeres han buscado sobreponerse al dolor, se han encargado, en medio de muchos desafíos y precariedad, de las necesidades de sus familias y de su propia capacitación a través de entidades del Estado y se mantienen activas en la gestión de las organizaciones a las que pertenecen y desde las que día por día buscan visibilizar la violencia injusta de la que fueron víctimas.
Ahora bien, en medio de la conmoción nacional por los hechos violentos que golpeaban de seguido a los campesinos, indígenas, negritudes de sitios que muchos ni siquiera habían escuchado que existieran en el territorio nacional, el dominio paramilitar iba consolidándose en la parte más septentrional del país como resultado de estrategias y alianzas como la conformación de relaciones maritales que establecieron paramilitares rasos con mujeres wayuu en busca de protección y respaldo en el territorio, ya que entendieron la fortaleza y protección de que revisten las relaciones familiares a cada individuo y que son ampliamente funcionales en este departamento, sobre lo cual un hombre wayuu comenta lo siguiente:
“[…]recuerdo yo que para esos entonces  uno de ellos se hizo amigo de un amigo en Barrancas, le dijo tú eres tan bueno conmigo, te cuento toda la verdad, yo estoy con una hija de una autoridad por allá, yo llegué a trabajar con un señor y ahí mujeres buenas por aquí, es feíta pero yo lo hice fue por mi seguridad y la hermana de él se casó con un chinito  pa que los defienda, y esos manes tiene su familia por allá sino que la necesidad de la solidaridad, no que yo no tengo nada, yo estoy trabajando entonces llega el viejo: ay pobre muchacho ese muchacho es trabajador”
   Por su parte, los altos mandos paramilitares idearon estrategias para facilitar su accionar y crear alianzas en este departamento con gamonales locales que tenían prestancia social, poder económico y el conocimiento del territorio, estos aceptaron para mantener su poder y prestigio, se trataba de más hombres armados de los que ya venían con ellos  trabajando y por tanto de mayor protección para ellos y sus negocios que en últimas se traduciría en amplio  reconocimiento y poder local .
En este sentido, con el apoyo del paramilitarismo viejas disputas por territorio que tenían una regulación cultural, se agudizaron y degradaron ante el poder armado. Como en el caso de Houluy en la vía que de Maicao conduce a Carraipia el cual es narrado por una mujer  miembro de la familia Uriana y lider Wayuú de la Organización AKALINJIRAWA, que inicia precisamente desde la necesidad de divulgar la situación de exterminio causada, según indican por Rafael Barros, quien desde 1970 intentó apoderarse de las tierras de su familia en Houluy y pagó para que se trazaran guardarrayas y se midieran las tierras que según él les pertenecían según la líder:
[…]porque por ahí pasaba el caminito por donde pasaba el caballo del papá y por eso les pertenecía y por eso ellos querían prácticamente despojarnos el territorio y sacar a todas las familias del clan uriana que pertenecían al territorio, y estos se opusieron y empezaron a denunciar ante yanama, él era simplemente un vecino […]
Por esta razón querían iniciar una guerra, pero en aquel momento no era posible iniciarla sin haber una razón válida como el territorio o la vida de alguien, no obstante años después se declaró la guerra con el asesinato de un familiar de los Barros a manos de un Uriana. Pero en 1995, comenzaron a tomar parte en el conflicto otros actores, pues militares del grupo Rondón de Buenavista Guajira, que ya ha sido llamado a declarar por falsos positivos en la Guajira ,  asesinaron a Claudio Pobeda, según esta mujer, en este hecho  ella resalta el importante papel que las mujeres asumieron para lograr que les entregaran el cuerpo de su familiar asesinado y cumplir con las disposiciones culturales sobre el manejo de los cadáveres:
“[…]nosotras las mujeres tuvimos que guerrear con el ejército para que nos entregaran el cadáver porque ya se estaba pudriendo, como a las cinco de la mañana lo mataron y el cuerpo fue allí tirado hasta las cinco y media de la tarde ahí tirado entramos allá a buscar el cadáver, porque una muerte violenta no se puede tardar mucho en enterrar, pero esos hombres casi matan a mi tía, eso nos hicieron tiros […] hasta que empezamos a gritar, porque para nosotros gritar significa atemorizar al enemigo a los hombres, eso con la contraparte, o sea cuando ellos empiezan a sentir esos gritos que es un grito de reclamo entonces ellos empiezan a sentir temor y obviamente corren, o  sea un grito de una mujer en una guerra es muy significativo y más cuando uno ya ha agarrado cadáveres y ya ha estado en la guerra […]”.
Pero los ataques continuaron a pesar de las desventajas de la familia Uriana, que ya había perdido varios hombres, y en 1997 hirieron a la abuelita que iba a defender los animales, a evitar que se le llevaran lo poco que tenía en una situación que ella describe “como cuando tú tiene una herida y vuelven y te pegan en la misma herida, nunca ibas a sanar esa herida, así pasaba con nosotros, con los niños, con los animales, los hombres morían uno por uno, anualmente morían uno o dos.
Así pues, además de aliarse con los terratenientes, contrabandistas y políticos de la  Guajira, los paramilitares del bloque Resistencia Tayrona, frente contrainsurgencia Wayuu, llegaron a estar apoyados por los militares del batallón Cartagena, como en el caso de la masacre ocurrida 30 de agosto de 2012 al pueblo Wiwa en el Limón zona rural de Riohacha, en la que mataron a una mujer de 78 años llamada Rosa María Loperena, y 7 personas más. Así en palabras del comisario y de la esposa de quien denuncio los hechos y que luego fue víctima de un falso positivo para meterlo en la cárcel:
“ fuerza pública y los paramilitares, entran el batallón Cartagena entra por los lados de treinta: Cascajalito, La Palma, llegan ahí dejan los camiones ahí agarran llegan a Carrisal, dentro de la comunidad llegan el día 30 de agosto, me acuerdo yo, asesinan la primera persona, Jaime Elías Mendoza Loperena, ellos tenían lista, tenían mucha gente que no conocía gente que se metía a los grupos al margen de la ley, bueno mataron a Jaime el día treinta […]nosotros distinguimos el batallón que decía batallón Cartagena, matan a Jaime Elías Mendoza, el sábado matan al papá al viejo Luís, y mataron a la mamá.
Ellos eran familia de nosotros, ellos se dejaron matar porque como eran ancianos no creían que los iban a matar, y no corrieron. A nosotros no nos acabaron porque nosotros salimos corriendo con niños y todos, el viejo Luís me dijo que a él no lo mataba porque él era un viejo, le digo yo: a usted lo pueden matar porque por ahí van a pasar, y él dijo: no por ahí no hay nadie, en el camino lo agarraron y él iba con un nietecito
Estos hechos violentos, de los que fueron víctimas, de disimiles formas tanto hombre como mujeres, además de desplazamiento en la Guajira, que en comparación con las cifras de otros departamentos de la región no era el más elevado, afecto la seguridad alimentaria de muchas personas, generó la ruptura de relaciones familiares ante la presión que ejerció la nueva situación, y de forma particular dejó a muchas mujeres víctimas de atropellos y lesiones físicas, abuso sexual como el caso de Irina del Carmen Villero Díaz, una joven de 15 años que fue violada y asesinada por los paramilitares (AUC) en mayo del 2001.

 No obstante, este panorama hostil y que demarcaba el camino a la desesperanza, sirvió de escenario para que muchas mujeres exploraran en habilidades y capacidades, que hasta el momento solo empleaban en el ejercicio de sus asuntos íntimos y domésticos, y que las llevaron a liderar procesos de visibilización de los atropellos cometidos en contra de su territorio, de su pueblo de su familia de su departamento y de sí mismas, las llevaron a conocer y manejar las normativas e instrumentos jurídicos en busca de reivindicaciones  y de protección. Las llevaron a conformar organizaciones.
Entre estas organizaciones podemos contar la Asociación de autoridades tradicionales AKALINJIRAWA, Asociación Wayuumunsurat, Fuerza mujeres Wayuu, OPD ASODESCA, Mujeres por la paz, liderazgo en el consejo distrital Riohacha, juntas de acción comunal entre muchas otras, que han alcanzado posicionamiento y un impacto positivo en la sociedad. Sin embargo,  su labor continúa poniéndolas en riesgo pues muchas de sus voces son silenciadas por las amenazas y asesinatos de ellas y de sus compañeros que aún así continúan en su lucha.

 
EDICIÓN ACTUAL
PROG. CULTURAL

Tertuliarte, tertulias culturales

Cine, arte que marca conductas

Fecha: 21/10/2011

EXPOSICION MUSEO DE ARTE ,claustro san juan nepomuceno

muestra artística “Com-Posición” de Wilberto Echeverría

Fecha: 20/10/2011

Obra de Teatro en el hemiciclo Cultural el Helado de leche

El Oido de Dios todo lo ve, Departamento de artes Universidaddel Valle

Fecha: 19/10/2011
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