VENTANA LITERARIA
UN HOMENAJE A LAS TIRAS CÓMICAS
Por:

​De niña otras cosas marcaron mi camino hacia el fantástico universo de las letras, como las tiras cómicas. Aquí ciertamente corro el riesgo de ser juzgada como una traidora, pues bien, corro el riesgo con el mismo placer con el que los leía a escondidas.
Mi encuentro con las revistas de tiras cómicas y no tan cómicas, a los que llamábamos “paquitos”, estuvo condimentado por esa atracción indiscutible que tiene lo vedado.  Mi abuela me los prohibió porque “eso embrutece”, decía. Pero mientras más me los prohibía, más yo buscaba “embrutecerme” con ellos. Se me volvió una obsesión comprarlos, pedirlos prestados, cambiarlos por otros que no había leído a cambio de sólo unos centavos en el mercado, y aún más, lograr meterlos a escondidas en mi casa. Era toda una peripecia  llegar hasta mi cama o hasta el baño sin que mi abuela sospechara que llevaba a Kalimán o al Pájaro Loco enredado debajo de mi falda.
No puedo negar mi adicción a los paquitos y  también a la aventura que eso representaba para mí. Ni siquiera me daba miedo el garabato, un palo corto con forma de bastón que mi abuela usaba para levantar las botellas cuando se caían en el fondo del enfriador de su tienda. Cada vez que ella me pescaba en delito flagrante, el garabato me la cobraba. Mi abuela manejaba el garabato con una destreza sublime, incluso lo lanzaba de lejos y rara vez no daba en el blanco. Para mí era un juego que me hacía aferrar aún más a mis paquitos. Me iba días enteros donde mis primas en donde una de ellas tenía un paraíso en un magnífico escaparate tallado en madera por el mejor ebanista que ha tenido Ciénaga. Sí, dentro de esa pieza de arte esculpida por las manos de Sinfo, había una colección maravillosa de revistas de Kalimán y Santo, el  enmascarado de plata. Como dije: el paraíso.
En casa teníamos libros, siempre tuvimos una biblioteca con una plaza importante para una enciclopedia de historia universal, una de geografía universal y una enciclopedia roja con letras doradas que tocaba todos los temas.  Esas eran las lecturas exigidas por mi abuela, o las cartillas y libros escolares, era un desatino leer por puro placer, leer era una obligación; y por supuesto cuando era obligado, no me gustaba. Detestaba el tono autoritario con el que algunos adultos me querían meter de cabeza en los libros llamados cultos.
Más adelante, descubrí que las enciclopedias eran otro tesoro sobre el cual estaba sentada. Me quedaba embelesada por las hermosas fotografías de sitios lejanos escondidos en un rincón del mundo. Los paisajes nevados del Monte Blanco o de la Patagonia me hacían soñar. Las calles de Venecia con sus góndolas y los resplandecientes palacios chinos me conquistaron para que me dirigiera sin prevenciones hacia los comentarios de las fotos con las explicaciones sobre esos lugares mágicos tan lejos de mí. Luego hice la entrada triunfal al pódium de los clásicos, Julio Verne me abrió las puertas a través de “La isla misteriosa”, un libro que me miraba desde hace mucho tiempo desde el cristal de nuestro armario de libros.
Hoy en día aún vemos que muchos adultos obligan a sus hijos a leer o peor aún, los castigan con la lectura. Este es un error que se paga caro. Afortunadamente, mis padres sembraron en mí el hábito de una forma tan eficaz que mis aventuras con mi abuelita por los paquitos sólo hicieron que la costumbre se arraigara para siempre.
Un día, mi mamá llegó a casa con un paquito de Memín Pingüín, fue amor a primera vista, mis hermanos nos peleábamos el primer turno de lectura y cuando mi mamá no llegaba con Memín, era mi papá quien se encargaba. Mi abuela entendió que esta era una batalla perdida y terminó por aceptar los paquitos como miembros de la familia. El hábito se había instalado con éxito.
En una conversación con nuestro querido Jairo Aníbal Niño, él me decía que los niños son como las mariposas y yo pienso que como una mariposa atraída por la flor más coqueta, así mismo los niños se acercan a los libros. Es tan natural que en un jardín lleno de flores una mariposa vaya hacia aquella que mejor baila con el viento. Dejemos jardines de libros al alcance de los niños, en el hogar y en la escuela. Desterremos la lectura como castigo, tanto mejor si leer se convierte en premio. O porqué no tomar de ejemplo la anécdota con mi abuelita y, digamos, tratar de impedir la lectura de un paquito que se deja por ahí, en forma deliberada, soy un ejemplo de que la táctica funciona.
Y como me dijo aquella vez Jairo Anibal:”no le jodamos más la vida a los niños”. Que vivan los paquitos… por mucho tiempo. 

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